Libreta en la pared.

El hombre lagarto.

Amaneció con el cuerpo entumecido, escuchando el trinar de los pájaros puntuales e inflexibles de las seis de la mañana. Maquinalmente el cuerpo del joven Aurelio se estiró deshaciendo la rigidez acumulada que le había provocado una sensación de dolor intenso en la columna vertebral. Entre las cortinas satinadas de rosa fucsia entraba un delgadísimo hilo de luz y en las pupilas de los ojos brillantes de Aurelio se encendió un extraño deseo de ser un lagarto hambriento. Pensó que sólo había sido un impulso de las reminiscencias de alguna pesadilla y bostezó con un temblor electrizante que le recorrió todo el cuerpo. Las horas de la vida onírica lo habían convertido en una especie de hombre lagarto y la piel rugosa lo estremeció; alarmado se incorporó en la cama, sintió el escalofriante cambio en su cuerpo y se cubrió el rostro apesadumbrado. Fue al baño y en el espejo se vio horrorizado, se metió nuevamente a la cama cubriéndose con las cobijas e intentó dormir pensando que así volvería a despertar sin esa horrorosa visión. No pudo más, se lanzó desesperado de la cama al suelo y corrió con una marcha diagonal, balanceando el cuerpo y la cola hacia los lados. Buscó ríos, pero sólo habían tuberías, bajantes y ramales. Con la esperanza derrotada regresó a la habitación y abrió las cortinas, desde el ventanal observó el alcantarillado de las banquetas; se le ocurrió buscar en el subsuelo, debajo de la ciudad tendría que haber algún pozo de agua dulce. Llegó a la calle rápidamente para no ser visto y con una fuerza descomunal levantó la tapa del registro y se metió en el drenaje profundo de la ciudad. El escamado joven del viaducto río de la piedad exploró el pestilente subterráneo y se metió en una zanja drenante que habían dejado abierta los trabajadores de CONAGUA, esperaba encontrar un lecho acuático pero sólo encontró una red de gigantes tubos de concreto con alimañas, aguas malolientes y podredumbres.

Las palpitaciones cardiacas en su interior estaban a punto de romperle el pecho. Una voz en su mente lo poseía muy a su pesar suyo y le recordaba que él era un sobreviviente de Tenochtitlán. El recuerdo intruso lo hizo recordar el albarradón que construyó el rey Nezahualcóyotl, una muralla hidráulica para contener las aguas del lago. Durante toda su vida, el rey trato de cazarlo propinándole varias estocadas de su lanza en la espalda, que casi lo mata. Una sonrisa se le dibujó al anfibio hombre del viaducto cuando recordó el dique que mandó hacer Moctezuma en el año 1449, recordando las terribles inundaciones en Tenochtitlán y los cuerpos flotando, banquete exquisito de esos días. Se sintió en un estado de trance y justificó todo aquello con la teoría metafísica de Anne Martins Leída que había estudiado en el libro: Maldita Genithalia en el que se explicaba el fenómeno de la mutación de los telómeros de los cromosomas, teoría que argumenta que un sueño infernal a los 15 años puede modificar la bioquímica del lóbulo frontal convirtiendo a un humano en algo monstruoso. Desde hacía 10 años, Aurelio, se convertía por unas horas en un ser del drenaje profundo; cada amanecer brincaba de su cama corriendo a sumergirse dentro de una alcantarilla, angustiado como un pájaro atrapado en la sala de una casa, fue consciente de esa maldición que en los últimos tres meses lo torturaba con más frecuencia y se explicó las altas fiebres que lo debilitaban.

Un saxofón barítono interpretó una melodía nostálgica, como todas la mañanas su vecino Francisco interpretaba: ¡Hit the road Jack! de Ray Charles, que ensayaba para ir a tocar en los vagones del metro. Al terminar la canción, Aurelio percibió que todo había vuelto a la normalidad y que sólo había sido una más de sus pesadillas. Abrió la ventana y miró los caminos del viento en el altísimo cielo, la luz era un mar de transparentes desiertos en su ojos. Al girar el cuello para mirar si todavía estaba la cola, vio que había desaparecido, sintió un gran alivio; los músculos se relajaron y respiró con deshago. Miró el reloj y alarmado por la hora se metió a bañar para ir al trabajo en la ventanilla única de atención ciudadana de la tesorería.

Esa mañana estacionó su coche en el estacionamiento subterráneo y entró a la oficina por la puerta trasera, iba sonriente y estrenando una camisa beige de gabardina, saludó cordialmente pero todos se apartaron horrorizados. Un disparo que salió de la boca del cañón de un revólver 45 del vigilante le impactó en su cabeza triangular y verdosa con protuberantes bultos he hinchazón en las cervicales. Normalmente un cerebro puede sobrevivir de 30 a 180 segundos sin oxígeno y la actividad eléctrica residual pueden persistir entre 7 y 10 minutos, el hombre lagarto sobrevivió el doble y ante la mirada estupefacta de los curiosos cantó la canción de Ray Charles: Lárgate, Jack, y no vuelvas. Nunca más, nunca más. Lárgate, Jack, y no vuelvas. Todos le aplaudieron y murió.

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